Rocío Jurado, cantaora por derecho
Rocío Jurado, cantaora por derecho
La imagen que ha quedado grabada en la memoria colectiva de Rocío Jurado es gigantesca: vestidos espectaculares, orquestas, grandes escenarios, canciones de Manuel Alejandro, una voz capaz de dominar cualquier teatro y aquel sobrenombre de “La Más Grande” que terminó convirtiéndose prácticamente en una segunda identidad. Sin embargo, detrás de la artista que conquistó España y América existió siempre otra Rocío que nunca desapareció del todo: la cantaora flamenca.
Antes de Como una ola, antes de Señora, antes de llenar auditorios interpretando baladas y canción española, Rocío Jurado había aprendido a cantar fandangos, alegrías y otros estilos flamencos, había competido en concursos de cante y había pasado noches enteras trabajando en algunos de los tablaos más importantes de Madrid. Incluso cuando el enorme éxito comercial la llevó por otros caminos, regresó periódicamente al flamenco para recordar que aquello no era una incursión circunstancial, sino el territorio donde había comenzado su historia.
Rocío podía haber desarrollado perfectamente una carrera exclusivamente como cantaora. No lo hizo porque su extraordinaria versatilidad la condujo hacia una dimensión artística mucho más amplia, pero escucharla por soleá, seguiriya, fandangos, tangos o alegrías permite descubrir que detrás de la gran intérprete de canción melódica había conocimiento, compás, memoria y una verdadera formación flamenca.
Chipiona: el flamenco estaba antes que los escenarios
María del Rocío Trinidad Mohedano Jurado nació en Chipiona, Cádiz, el 18 de septiembre, siendo 1944 el año tradicionalmente recogido en biografías como la de la Real Academia de la Historia, aunque investigaciones municipales recientes han reabierto el debate sobre la fecha exacta. Lo verdaderamente importante para comprender su formación artística es el ambiente musical en el que creció.
Su padre, Fernando Mohedano, era zapatero de profesión y un gran aficionado al cante flamenco; su madre, Rosario Jurado, cantaba música española. Rocío creció, por tanto, escuchando dos mundos que después convivirían durante toda su carrera: el flamenco y la copla.
Aquella combinación explica mucho mejor su trayectoria que cualquier etiqueta posterior. En casa aprendió a escuchar el cante y desde muy pequeña participó en actividades musicales. La muerte de su padre dejó a la familia en una situación económica complicada y Rocío tuvo que trabajar mientras intentaba abrirse camino como artista. La Real Academia de la Historia recoge sus tempranos premios en Sevilla, Cádiz, Huelva y Jerez antes de su marcha a Madrid.
Antes de que España conociera a Rocío Jurado, por tanto, el flamenco ya conocía a Rocío.
La niña que ganaba concursos de cante
Sus primeras apariciones públicas estuvieron estrechamente ligadas a concursos radiofónicos y flamencos. Uno de los episodios fundamentales se produjo en Jerez, donde siendo todavía muy joven consiguió el primer premio en la modalidad de cantes de Cádiz y Huelva de un concurso nacional en el que también fueron premiados artistas que después ocuparían lugares fundamentales en la historia del género.
RTVE recuerda que en aquel certamen participaron nombres como Fernando Terremoto y Los Chiquitos de Algeciras, formación juvenil integrada por Pepe y Paco de Lucía. Rocío tenía apenas dieciséis años y comenzaba ya a demostrar una característica que la acompañaría siempre: unas facultades vocales extraordinarias combinadas con una seguridad escénica poco habitual para su edad.
El fandango fue especialmente importante en aquella primera etapa. Su voz amplia, brillante y poderosa encontraba en estos cantes un espacio magnífico para crecer y rematar los tercios, pero Rocío no se limitaba a mostrar facultades. Había escuchado y conocía las formas.
Aquellos concursos le proporcionaron premios y reconocimiento, pero también algo mucho más valioso: confirmaron que podía competir dentro del flamenco antes de convertirse en una figura de la canción española.
Madrid y El Duende: Rocío comienza desde abajo
Cuando llegó a Madrid no aterrizó convertida en estrella. Entró en uno de los lugares donde se aprendía realmente el oficio: el tablao.
Pastora Imperio y Gitanillo de Triana la contrataron para trabajar en El Duende, uno de los establecimientos flamencos más importantes de la capital. Allí comenzó formando parte del cuadro, haciendo palmas y cantando hasta que su voz empezó a sobresalir especialmente con los fandangos de Huelva. Posteriormente pasaría a Los Canasteros, el tablao dirigido por Manolo Caracol.
Detengámonos en los nombres.
Pastora Imperio y Manolo Caracol.
No eran simplemente empresarios que contrataban artistas. Representaban dos universos fundamentales de la historia del flamenco. Para una joven Rocío convivir profesionalmente con aquellos ambientes significaba escuchar cada noche a cantaores, guitarristas y bailaores, aprender repertorios y comprender las reglas no escritas de un arte en el que una pequeña variación de compás puede separar una interpretación correcta de una verdaderamente flamenca.
Ese periodo fue relativamente corto porque su carrera comenzó a crecer rápidamente en otras direcciones, pero resulta decisivo para comprenderla.
Rocío Jurado no llegó al flamenco después de hacerse famosa.
Salió del flamenco para hacerse famosa.
Pastora Imperio y Manolo Caracol: dos nombres fundamentales
Rocío mantuvo siempre una enorme admiración por las grandes figuras que había conocido durante aquellos primeros años. La relación con Pastora Imperio representaba el contacto con una época histórica del arte flamenco y la contratación posterior por Manolo Caracol confirmaba que aquella joven poseía cualidades que los propios profesionales reconocían.
Caracol era uno de los cantaores más personales y poderosos del siglo XX, un artista que difícilmente podía impresionarse simplemente por una voz grande. Haber pasado por su tablao supuso para Rocío convivir con una concepción del flamenco basada fundamentalmente en la personalidad.
Aquella enseñanza puede rastrearse posteriormente incluso cuando Rocío cantaba baladas.
Porque una de las grandes características de su interpretación fue precisamente la intención. Nunca decía una letra de manera neutra. Administraba silencios, ataques, medias voces y explosiones de intensidad de una forma que tenía mucho que ver con mecanismos expresivos aprendidos en el flamenco.
Su éxito posterior cambiaría el repertorio.
No borraría aquella escuela.
Rocío y el fandango
De todos los estilos flamencos, el fandango tuvo una relación especialmente estrecha con sus comienzos.
La propia estructura del fandango natural se adaptaba magníficamente a sus condiciones. Le permitía iniciar el cante con contención, desarrollar progresivamente la melodía y utilizar aquella espectacular capacidad para crecer hacia los registros altos sin perder claridad en la palabra.
Pero existe un peligro al analizar una voz como la de Rocío Jurado: confundir potencia con calidad flamenca.
Rocío podía cantar muy fuerte, pero su interés como cantaora no estaba solamente en el volumen. Sabía modular, controlar el aire, disminuir la intensidad y utilizar la amplitud vocal como elemento dramático. Cuando encontraba equilibrio entre esas facultades y la medida del cante, aparecía una intérprete de enorme categoría.
De ahí que los fandangos siguieran formando parte de sus actuaciones incluso cuando ya era una de las grandes estrellas españolas.
Cuando Paco de Lucía acompañó a Rocío Jurado
Existe además un encuentro discográfico especialmente hermoso dentro de su etapa inicial.
En 1968, Rocío Jurado grabó un EP acompañada por un joven Paco de Lucía, junto a Juan Giménez. La Fundación Paco de Lucía conserva documentada aquella grabación, compuesta por cuatro rumbas flamencas y realizada cuando el guitarrista algecireño todavía estaba construyendo la carrera que pocos años después cambiaría la historia de la guitarra.
Contemplada desde el presente, la reunión resulta extraordinaria.
Rocío antes de convertirse definitivamente en diva internacional y Paco antes de convertirse en Paco de Lucía.
Dos artistas gaditanos destinados a alcanzar dimensiones gigantescas encontrándose todavía muy jóvenes dentro de una grabación flamenca.
El documento sirve además para desmontar la imagen de una Rocío Jurado completamente separada del género durante aquellos años. Aunque la canción española iba ocupando progresivamente el centro de su carrera, el vínculo con el flamenco seguía existiendo.
El éxito que alejó a la cantaora del centro del escenario
La gran paradoja de Rocío Jurado es que sus extraordinarias facultades terminaron alejándola parcialmente del flamenco profesional.
La canción española descubrió que aquella mujer podía hacer algo excepcional.
Su voz tenía dimensiones casi orquestales.
Podía interpretar copla.
Podía cantar canción melódica.
Podía enfrentarse a repertorio latinoamericano.
Podía actuar ante grandes orquestas y sostener producciones espectaculares.
Y, sobre todo, poseía una presencia escénica capaz de llenar teatros enormes.
El mercado comprendió rápidamente que estaba ante una estrella.
Así comenzó a crecer otra Rocío Jurado, la que terminaría grabando algunas de las canciones españolas más populares del último tercio del siglo XX. El flamenco dejó de ser el centro principal de su repertorio, aunque nunca desapareció completamente. El propio Ángel Álvarez Caballero recordaría tras su muerte que, aunque el éxito le llegó por la canción, mantuvo el cante vivo dentro de sus actuaciones y volvió periódicamente a él en sus grabaciones.
Ser cantaora después de convertirse en estrella
Regresar al flamenco después de alcanzar una fama gigantesca tenía además una dificultad añadida.
En el mundo flamenco existe una exigencia particular hacia los artistas que triunfan fuera de sus fronteras. El éxito comercial puede despertar recelos y cualquier regreso al cante es observado con lupa por los aficionados más ortodoxos.
Rocío conocía perfectamente esa realidad.
Por eso resulta tan significativo el título que eligió para el proyecto con el que decidió afrontar abiertamente su condición flamenca:
Por derecho.
No era una denominación accidental.
En el lenguaje flamenco, cantar “por derecho” implica hacer las cosas con conocimiento, respetando la estructura del cante y enfrentándose a él sin atajos.
Rocío parecía estar diciendo: también puedo estar aquí.
1979: «Por derecho»
En 1979, cuando ya era una de las artistas más famosas de España, Rocío Jurado grabó el doble trabajo Por derecho, una de las claves imprescindibles para entender su verdadera dimensión como cantaora.
RTVE señala que la artista quiso utilizar aquel disco precisamente para recordar que, pese a su enorme éxito dentro de la copla y la canción, sus orígenes profesionales eran flamencos. La presentación del proyecto tuvo lugar, significativamente, en la Cátedra de Flamencología de Jerez.
Y Rocío no escogió únicamente estilos cómodos para lucir su voz.
En aquellas grabaciones abordó un repertorio amplísimo que recorría bulerías, tarantos, tangos de Triana, fandangos naturales, romeras, media granaína, livianas, seguiriyas, además de otros cantes incluidos en el proyecto completo como soleares, tientos, alegrías, serranas, cantiñas, tonás y bamberas.
Eso es importante.
Porque cualquiera puede grabar un disco “con aire flamenco”.
Otra cosa es enfrentarse a una seguiriya.
La seguiriya: donde no basta tener voz
La seguiriya es uno de los lugares donde mejor puede medirse la relación real de un intérprete con el flamenco.
Las grandes facultades pueden ayudar, pero también convertirse en un peligro. Una voz excesivamente expansiva puede romper el carácter del estilo si no existe medida, y la tentación de convertir cada tercio en una exhibición conduce fácilmente hacia la teatralidad.
Rocío se enfrentó a ese riesgo.
Su interpretación de las formas de seguiriya incluidas en Por derecho demuestra una artista consciente de que allí la voz debía estar al servicio del cante. Naturalmente, su personalidad permanecía y la amplitud vocal era inconfundible, pero había conocimiento de las estructuras y respeto hacia los modelos tradicionales.
No pretendía sonar como una cantaora antigua.
Pretendía cantar aquellos estilos desde su propia garganta.
Esa diferencia es fundamental.
Soleá: contener a «La Más Grande»
Quizá uno de los ejercicios más interesantes al escuchar a Rocío flamenca sea observarla por soleá.
La soleá exige exactamente lo contrario de aquello por lo que el gran público solía reconocerla. Frente al espectáculo, recogimiento; frente a la orquesta, una guitarra; frente al crecimiento permanente de intensidad, espacio y silencio.
Y precisamente por eso resulta tan reveladora.
Cuando Rocío consigue contener aquella voz enorme y colocarla dentro de la arquitectura de una soleá aparece otra dimensión de la artista. Las medias voces adquieren importancia, cada palabra pesa más y la interpretación deja de depender de la exhibición.
Ese contraste permite comprender una cuestión fundamental: Rocío Jurado tenía más recursos vocales de los que normalmente necesitaba el flamenco, y su verdadero desafío como cantaora era administrarlos.
Cuando lo hacía, podía resultar extraordinaria.
Alegrías y la memoria de Cádiz
En los cantes de Cádiz se encontraba además con algo profundamente relacionado con su procedencia.
Chipiona se encuentra dentro de una geografía musical marcada por los ecos de Cádiz, Sanlúcar, Jerez y el bajo Guadalquivir. Rocío había crecido escuchando aquellas músicas y había sido premiada precisamente por cantes gaditanos durante su juventud.
Las alegrías le permitían mostrar una faceta completamente diferente a la dramática cantante de baladas.
Había luminosidad, compás y una particular manera de jugar con el ritmo sin perder la elegancia vocal que siempre la caracterizó.
Aquí Rocío parecía regresar con facilidad a aquella joven que antes de conocer grandes orquestas había aprendido a desenvolverse dentro de un cuadro flamenco.
Una «cantaora larga»
El concepto flamenco de cantaor largo se reserva tradicionalmente para quien puede desenvolverse con solvencia por un número considerable de estilos.
Rocío Jurado tenía esa capacidad.
Su repertorio flamenco documentado abarca estilos vinculados a Cádiz, Huelva, Jerez, Triana, Málaga, los cantes de Levante y algunas de las formas más severas del repertorio tradicional.
Esto no significa que fuera igualmente excepcional en todos ellos. Ningún gran cantaor lo es.
Sus mejores territorios dependían mucho de las características de su voz y de su personalidad. Los fandangos, cantes de Huelva, estilos libres y determinadas formas de compás encontraban en ella condiciones especialmente favorables.
Pero lo verdaderamente significativo es que conocía mucho más flamenco del que habitualmente mostraba en sus grandes espectáculos.
La crítica de los puristas
Naturalmente, su faceta flamenca nunca estuvo exenta de discusión.
Algunos aficionados consideraban que su voz era demasiado grande, demasiado brillante o demasiado inclinada hacia el dramatismo para determinados cantes. Ángel Álvarez Caballero señaló precisamente aquella tendencia hacia los estilos libres y cierta inclinación a la desmesura, aunque al mismo tiempo reconocía la preparación de Rocío para afrontar repertorios flamencos de gran dificultad.
La discusión resulta interesante porque plantea una pregunta que aparece constantemente en la historia del flamenco:
¿hasta dónde puede llegar la personalidad sin alterar el cante?
Rocío nunca intentó convertirse en una copia de Pastora Pavón o de cualquier otra gran cantaora anterior. Utilizó los estilos tradicionales desde sus propias facultades.
En ocasiones podía excederse.
En otras alcanzaba momentos magníficos.
Pero casi nunca resultaba indiferente.
«Ven y sígueme»: junto a El Lebrijano y Manolo Sanlúcar
Su relación con el flamenco volvió a producir otro proyecto excepcional en 1982, cuando participó junto a Juan Peña “El Lebrijano” y Manolo Sanlúcar en Ven y sígueme.
La obra fue concebida como una especie de ópera flamenca, reinterpretando determinados episodios evangélicos desde un lenguaje musical andaluz. El Instituto Cervantes recuerda el proyecto como una de las grandes experiencias innovadoras dentro de la trayectoria de El Lebrijano y confirma la participación de Rocío junto a Manolo Sanlúcar.
Resulta significativo comprobar nuevamente con quién aparecía Rocío cuando regresaba al flamenco.
No buscaba rodearse de nombres comerciales.
Trabajaba con El Lebrijano, uno de los grandes investigadores y renovadores del cante, y con Manolo Sanlúcar, uno de los guitarristas y compositores fundamentales del siglo XX.
Eso demuestra que su relación con el género tenía profundidad y respeto profesional.
La Lola volvió a ser cantaora
En 1993, Rocío Jurado protagonizó la nueva versión cinematográfica de La Lola se va a los puertos, dirigida por Josefina Molina a partir de la obra de Manuel y Antonio Machado.
El personaje resultaba casi inevitable para ella.
Lola era una cantaora.
Rocío llevaba décadas convertida en estrella internacional, pero interpretar aquel papel significaba regresar simbólicamente a sus propios orígenes. La película incorporó canciones y momentos flamencos, recuperando ante un público masivo una faceta que muchos espectadores jóvenes apenas conocían.
La estrella volvía a encontrarse con la cantaora.
Y ambas podían convivir perfectamente.
El flamenco nunca desapareció realmente
Durante sus últimas décadas siguió incluyendo referencias flamencas en grabaciones y actuaciones. RTVE recuerda que volvió a acercarse explícitamente al género en trabajos posteriores como Con los cinco sentidos, publicado en 1998.
También los archivos televisivos conservan numerosas interpretaciones que permiten reconstruir hoy esa faceta.
Y ahí aparece algo particularmente interesante.
Cuando Rocío cantaba flamenco en televisión después de haberse convertido ya en una superestrella, podía despojarse momentáneamente del enorme aparato escénico que la rodeaba. Una guitarra y su voz bastaban para recordar el punto de partida.
Era como contemplar debajo de todas las capas de fama a aquella muchacha que había entrado décadas atrás en El Duende.
Una voz excepcional, también para el flamenco
Desde una perspectiva estrictamente vocal, Rocío Jurado poseía unas condiciones extraordinarias: gran extensión, potencia, resistencia, afinación, facilidad para modificar dinámicas y una capacidad poco común para proyectar la palabra.
El flamenco, sin embargo, exige algo diferente.
No siempre necesita la voz más perfecta.
Necesita personalidad, conocimiento, compás y capacidad de transmitir.
Rocío reunía esos elementos, aunque inevitablemente los filtraba a través de una técnica y unas facultades que la alejaban del arquetipo de determinadas voces flamencas más rotas o austeras.
Eso explica que su cante genere opiniones diferentes.
Y también explica por qué merece ser escuchado.
¿Qué habría ocurrido si Rocío hubiera elegido solamente el flamenco?
Es uno de esos juegos imposibles de la historia.
¿Qué habría ocurrido si aquella muchacha contratada por Pastora Imperio hubiese decidido permanecer en los tablaos?
Probablemente habría terminado siendo una de las cantaoras profesionales importantes de su generación.
Ángel Álvarez Caballero llegó a lamentar que su éxito gigantesco dentro de la canción española hubiese impedido que el cante dispusiera permanentemente de una voz femenina de aquellas características.
Pero quizá plantearlo de ese modo sea injusto.
Porque si Rocío hubiese elegido exclusivamente el flamenco, probablemente nunca habría existido la Rocío Jurado que conocemos.
Su verdadera dimensión consistió precisamente en poder atravesar distintos géneros sin desaparecer dentro de ninguno.
El 1 de junio de 2006
Rocío Jurado falleció en Madrid el 1 de junio de 2006 después de una larga enfermedad. Su muerte provocó una reacción popular enorme y confirmó hasta qué punto aquella mujer de Chipiona había terminado formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones.
Desde entonces se ha hablado extensamente de sus grandes canciones, de su personalidad, de sus interpretaciones de Manuel Alejandro, de sus espectáculos y de su capacidad para transformar la imagen tradicional de la cantante de copla.
Sin embargo, recordar solamente todo eso significa contar una historia incompleta.
Porque antes de convertirse en “La Más Grande”, Rocío había sido cantaora.
Y después de convertirse en “La Más Grande”, nunca dejó completamente de serlo.
Recuperar a Rocío Jurado cantaora
Para cualquier aficionado al flamenco que conozca a Rocío únicamente por sus grandes éxitos, existe un ejercicio que merece la pena realizar: apartar durante un momento Señora, Como una ola, Ese hombre o Se nos rompió el amor y escuchar Por derecho.
Escuchar sus fandangos.
Los tarantos.
Los tangos.
La media granaína.
Las alegrías.
La soleá.
Las livianas y seguiriyas.
Después regresar a sus primeras grabaciones y encontrarla junto a Paco de Lucía, o escuchar su participación con El Lebrijano y Manolo Sanlúcar.
Entonces la biografía cambia.
Ya no aparece únicamente la gran cantante que ocasionalmente se acercaba al flamenco, sino una mujer que había partido del cante y que, después de conquistar otros territorios, regresaba periódicamente a su primera casa.
Rocío Jurado, por derecho propio
Quizá el título de aquel disco de 1979 siga siendo la mejor definición posible.
Por derecho.
Rocío Jurado tenía derecho a ocupar un lugar dentro de la memoria flamenca porque había comenzado allí, porque conocía los estilos, porque había aprendido en los tablaos y porque tuvo la valentía de volver a enfrentarse a cantes tan comprometidos como soleares o seguiriyas cuando su fama le permitía no tener que demostrar absolutamente nada.
No fue exclusivamente cantaora y probablemente por eso su nombre no aparece en las conversaciones flamencas con la frecuencia de otras mujeres que dedicaron toda su vida al género.
Pero sería un error confundir dedicación exclusiva con conocimiento.
Rocío conocía el flamenco.
Lo había vivido.
Lo había cantado cuando todavía nadie la llamaba “La Más Grande”.
Y lo conservó dentro de ella cuando ya podía presentarse ante cualquier público del mundo con una gran orquesta detrás.
Por eso, al recordar hoy a Rocío Jurado, conviene mirar más allá de la diva, de los vestidos, de las baladas y de aquella voz descomunal que parecía no tener límites. Debajo de todo aquello seguía existiendo la muchacha de Chipiona que había ganado concursos de fandangos, trabajado bajo la mirada de Pastora Imperio y Manolo Caracol y aprendido que una guitarra podía sostener por sí sola todo el universo necesario para cantar.
Rocío Jurado fue “La Más Grande”, pero antes de que llegara el sobrenombre ya había conseguido algo quizá todavía más difícil: ser cantaora por derecho propio.