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Miguel de Molina, arte, libertad y exilio
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Miguel de Molina, arte, libertad y exilio

25/09/2026 Redacción

Cantó “Ojos verdes” y “La bien pagá”, pero reducirlo a aquellas canciones sería quedarse en la superficie. Miguel de Molina fue cantante, bailarín, actor, diseñador, coreógrafo y director de sus propios espectáculos. Construyó una imagen que desafiaba las convenciones y pagó un precio altísimo por vivir y expresarse con libertad.

Hay artistas que interpretan canciones y otros que crean un universo alrededor de ellas. Miguel de Molina perteneció a los segundos. Antes de que se hablara de dirección artística, identidad visual o espectáculo total, él ya entendía que subir a un escenario significaba controlar la música, el movimiento, el vestuario, la iluminación, la escenografía y hasta la manera en que una fotografía debía presentar al artista.

Miguel Frías de Molina nació en Málaga el 10 de abril de 1908 y murió en Buenos Aires el 4 de marzo de 1993. La Fundación que conserva su legado lo define hoy como una figura mucho más amplia de lo que durante décadas permitió recordar la etiqueta de “rey de la copla”: fue intérprete, bailarín, diseñador de vestuario, director escénico, coreógrafo, escenógrafo, arreglista y escritor. Su archivo personal demuestra además que participaba directamente en la producción y comercialización de sus espectáculos. RTVE.es

La copla convertida en espectáculo

Miguel de Molina comprendió muy pronto que una canción podía comenzar antes de que sonara la primera nota.

Las célebres blusas de mangas amplias, los bordados, los botines, la manera de colocarse en escena y la expresividad de sus movimientos no eran adornos añadidos a posteriori. Formaban parte de una estética deliberadamente construida. La Fundación Miguel de Molina conserva trajes, diseños de vestuario, escenografías, partituras, fotografías, objetos personales y documentación que permiten comprobar hasta qué punto intervenía en cada dimensión de sus espectáculos. Fundación Miguel de Molina

Aquello lo convirtió en una figura extraordinariamente moderna.

Miguel no quería limitarse a salir correctamente vestido y cantar bien. Quería que el público entrara en un mundo. Cada canción debía tener una atmósfera, un gesto y una imagen determinados, y su cuerpo se convertía en un elemento narrativo tan importante como su voz.

Por eso sus interpretaciones de “La bien pagá”, “Ojos verdes” o “El día que nací yo” quedaron asociadas de manera tan profunda a su personalidad. RTVE sigue considerando esos títulos fundamentales para comprender su popularidad y la dimensión de un artista que combinaba canción española, flamenco, danza y una teatralidad absolutamente propia. RTVE.es

Una masculinidad que no obedecía las reglas

Visto desde hoy, resulta difícil medir lo rupturista que podía ser aquel hombre vestido con blusas bordadas, mangas voluminosas y una extraordinaria libertad corporal en la España de los años treinta.

Miguel de Molina construyó deliberadamente una imagen que se alejaba de la masculinidad convencional. No trataba de esconder el refinamiento ni la exuberancia; los convertía en parte de su poder escénico. Su estética podía resultar elegante, provocadora y ambigua al mismo tiempo.

Y eso no fue gratuito.

Su homosexualidad era conocida y, junto a sus simpatías republicanas y su actividad durante la Guerra Civil, acabó convirtiéndose en uno de los motivos de la persecución que sufrió después del conflicto. RTVE documenta que fue acosado por su condición homosexual y por haber actuado para el bando republicano. RTVE.es

No estamos hablando únicamente de censura artística.

Estamos hablando de violencia.

La paliza que dividió su vida en dos

Uno de los episodios más duros ocurrió después de la Guerra Civil. El propio Miguel de Molina relató posteriormente cómo fue secuestrado, golpeado brutalmente, rapado y obligado a beber aceite de ricino. El País recogió ese testimonio procedente de su autobiografía, mientras RTVE sitúa una agresión especialmente grave el 10 de noviembre de 1939, después de una actuación en el Teatro Pavón de Madrid. El País

La violencia no terminó aquella noche. Llegaron prohibiciones, amenazas y destierros interiores. La documentación conservada por su Fundación incluye incluso diarios escritos durante sus periodos de destierro en Cáceres y Buñol, materiales que actualmente están siendo investigados dentro de un proyecto académico dedicado a reconstruir su vida y obra. Fundación Miguel de Molina

En 1942 abandonó España.

Aquella salida transformaría definitivamente su vida.

Argentina: el país donde pudo volver a ser artista

Miguel de Molina llegó a Buenos Aires y encontró allí un público dispuesto a recibirlo. El País documentó que actuó en el Teatro Avenida con gran éxito, aunque la presión vinculada al régimen franquista continuó persiguiéndolo incluso fuera de España. Después pasó también por México antes de regresar definitivamente a Argentina. El País

El exilio no significó solamente cambiar de escenario.

Significó reconstruir toda una vida.

España había sido el territorio donde había nacido su personaje artístico, donde se había relacionado con creadores de enorme importancia y donde había alcanzado la popularidad. Argentina acabaría convirtiéndose en el lugar en el que pudo continuar desarrollándose sin tener que renunciar a sí mismo.

La investigación actual de la Fundación Miguel de Molina sitúa su retirada de los escenarios en 1960, en Buenos Aires, después de varias décadas de actividad artística. Fundación Miguel de Molina

Mucho más que un intérprete de coplas

Quizá una de las grandes injusticias cometidas con Miguel de Molina sea haberlo recordado durante demasiado tiempo únicamente como cantante.

Su archivo está modificando esa percepción.

El proyecto de investigación que actualmente estudia su legado lo presenta como uno de los artistas más originales de la España del siglo XX y documenta su actividad como actor, diseñador de moda, escritor, poeta, novelista y diarista, además de intérprete y bailarín. Fundación Miguel de Molina

Esto permite comprender mejor por qué sus espectáculos tenían una coherencia visual tan fuerte.

Miguel no esperaba a que otros decidieran cómo debía verse.

Diseñaba.

Pensaba.

Escribía.

Coreografiaba.

Organizaba el espacio escénico.

Aquello que hoy llamaríamos identidad artística estaba presente en su trabajo con décadas de anticipación.

Y posiblemente ahí reside una parte fundamental de su modernidad.

El hombre detrás de «La bien pagá»

La bien pagá terminó siendo una de sus grandes señas de identidad, aunque la canción fue compuesta por Juan Mostazo, con letra de Ramón Perelló. RTVE la considera una de las coplas fundamentales de su repertorio y ha destacado cómo Miguel consiguió apropiarse interpretativamente de ella hasta hacerla inseparable de su imagen pública. RTVE.es

Ahí aparece otra cualidad esencial de los grandes intérpretes.

No necesitan ser autores de una canción para transformarla.

Miguel sabía encontrar el personaje escondido dentro de una letra y llevarlo al escenario. Una copla podía convertirse en confesión, desafío o tragedia según cómo administrara una mirada, un movimiento o un silencio.

No se trataba únicamente de cantar afinado.

Se trataba de interpretar una historia.

Volver a España sin regresar realmente

Durante décadas Miguel de Molina permaneció ligado sentimentalmente a España, pero nunca reconstruyó aquí su vida. Las fuentes coinciden en que regresó sólo en ocasiones muy contadas y que terminó permaneciendo en Buenos Aires hasta su muerte. El País

El reconocimiento oficial llegó muy tarde.

Poco antes de morir recibió la Orden de Isabel la Católica, uno de los símbolos de una rehabilitación que comenzaba cuando gran parte de su vida ya había transcurrido lejos del país que lo vio nacer. El País documentó aquel reconocimiento y el regreso temporal del artista para recibirlo. El País

Hay algo profundamente amargo en esa cronología.

Primero fue expulsado.

Décadas después fue homenajeado.

Un artista que hoy parece más contemporáneo que nunca

La figura de Miguel de Molina está siendo revisada con mucha más profundidad en los últimos años. La Fundación que conserva su archivo, la Casa de Velázquez y diversos investigadores están recuperando documentación que demuestra la amplitud de un creador que durante demasiado tiempo quedó reducido a unas cuantas fotografías, canciones y episodios trágicos. Fundación Miguel de Molina

Y el resultado resulta sorprendentemente actual.

Porque Miguel de Molina hablaba, sin utilizar todavía nuestras palabras, de identidad, libertad artística, imagen, cuerpo, género, creación multidisciplinar y control sobre la propia obra.

Por eso su legado no pertenece únicamente a la historia de la copla.

Pertenece también a la historia del espectáculo.

De la moda.

De la danza.

De la interpretación.

Y, sobre todo, de quienes se atrevieron a construir una identidad propia cuando hacerlo podía tener consecuencias terribles.

«Yo quiero ser diferente»

Existe una frase de Miguel de Molina que su Fundación ha convertido en una de las claves para comprenderlo:

«Yo quiero ser diferente». Fundación Miguel de Molina

Probablemente ninguna definición resulte mejor.

Fue diferente en la ropa.

En el movimiento.

En el escenario.

En la manera de interpretar.

Y también en su decisión de no esconder completamente quién era.

Aquella diferencia contribuyó a convertirlo en un artista extraordinario, pero en la España que le tocó vivir también lo convirtió en objetivo de persecución.

Por eso recordarlo únicamente como una víctima sería injusto.

Miguel de Molina fue, antes que nada, un creador formidable.

Un hombre que entendió que una canción podía contener teatro, danza, vestuario, escenografía y personalidad; que convirtió unas mangas bordadas en parte de una revolución estética y que consiguió hacer de la copla un espacio donde su identidad podía existir con una libertad que la sociedad de su tiempo no siempre estaba dispuesta a permitirle.

España consiguió expulsarlo, pero no consiguió borrar su obra. Y quizá ésa sea finalmente su mayor victoria: más de treinta años después de su muerte, Miguel de Molina continúa pareciendo mucho menos antiguo que muchos de quienes intentaron obligarlo a desaparecer.